sábado, 6 de agosto de 2011

El ataque de Lima-Hong, 1575

Hacía tan sólo cuatro años de la toma de Manila por Legazpi, ahora gobernada por Guido de Lavezares. Las filipinas españolas, recién conquistadas para la corona de Felipe II, reclamaron la atención de un poderoso y, cuanto menos poco esperado, enemigo: Lima-Hong.

    La turbulenta historia de este pirata chino nacido en Tiukiu (perteneciente a una acomodada familia china) daría para escribir, sin duda, un extenso libro. Muy jóven, deseoso de aventura, se puso bajo la tutela del Tialau, famoso pirata que ejercía su oficio en las costas chinas y las islas del Índico. Lima-Hong, a su muerte, heredó de él seis navíos y mucho dinero, con el que pudo pagar y juntar a tropas mercenarias de China y Japón. Su armada pronto aumentó a 40 navíos, aumentando a 200 cuando vencío en una brava batalla al corsario Ouikian, quedándose con sus barcos y hombres.

Lima-Hong se había convertido en poco menos que "el terror de los mares". Envalentonado,  decidió atacar la Manila española




      Ejerció, pues, la piratería en las costas chinas con bastante éxito, y su fama de cruel y despiadado jefe de un variopinto ejército mercenario recorría las costas del Índico y aún el Pacífico. El emperador de China, incapaz de vencerle por mar en ese momento, planteó la argucia de fingir perdonarle para que acudiera a la corte, y allí apresarlo y entregarlo al "maestro torturador" (siniestro sujeto donde los haya). No picó el bravo pirata en esta trampa, matando a los emisarios imperiales que se la propusieron. Enfurecido, el emperador mandó juntar tres poderosas armadas para darle caza.

      Esquivo como una rata, Lima-Hong decidió dejar por el momento las costas de China. Un desventurado intérprete portugués de un mercante luso capturado (que entró a su servicio) le informó de la presencía española en las Filipinas, con sede en Manila, y de cuan reducido número de hombres blancos estaba defendida (apenas unos 500 repartidos por las islas, 150 defendiendo Manila). Sin pensárselo dos veces, el pirata partió con 72 juncos (navíos chinos) con su mejor artillería y un ejército de 2.000 hombres chino-japoneses al mando del nipón Sioco, enfilando las islas. En aquel momento, un joven capitán llamado Juan de Salcedo se encontraba con 50 españoles pacificando el norte de las Filipinas. El gobernador Lavezares apenas si había tenido tiempo a construir un pequeño fuerte de madera. Defendían Manila, como hemos dicho, 150 españoles cortos de pólvora y picas, al mando del maestre de campo Martín de Goyti. Sioco perdió el factor sorpresa al equivocarse de población costera. Antes de que arribara a Manila, algunos habitantes de Parañaque (que así se llamaba el pueblo), corrieron hasta la ciudad para avisar al anciano gobernador de que se acercaban "moros boyernes". Lavezares, haciendo caso omiso a estas locuras, dejó pasar unas preciosas horas.

La potente armada del pirata amenazaba con tragarse a la exigua guarnición española de Manila
                      

    Sioco desembarcó rapidamente a 200 lanceros en vanguardia y otros tantos de apoyo, y con estas fuerzas entró en Manila. Los chinos, que iban bien armados y en órden (similar al cuadro de picas europeo o "escuadrón"), arramblaron inicialmente a algunos sorprendidos españoles. Tocando al arma, pudieron reunirse en las calles de Manila, rechazando como podían a la vanguardia china, que atacaba con furor suicida. La retaguardia, empero, avanzaba saqueando y quemando lo que podía. Dióse la anécdota de que, asomada al balcón, doña Lucía del Corral (esposa de Martín de Goyti), insultó a los chinos con éstas palabras: ¡Andad perros, que todos habéis de morir hoy! Enterado Sioco del insulto por el intérprete portugués, mandó prender fuego a la casa de Goyti. Los chinos, matando a los criados, entraron en la casa intentando violar a las mujeres. Doña Inés, negándose a entregarles su collar, fué degollada y dada por muerta (aunque luego sobreviviría), y una de sus damas de compañía asesinada al resistirse a la violación. Martín de Goyti, que combatía en una casa, viendo la suya asaltada y su esposa en peligro, saltó por la ventana, cayendo entre la muchedrumbre de chinos, que le traspasaron con sus lanzas.

  Muerte de Martín de Goyti
                                                         

     Los chinos formaron en media luna, intentando atrapar a los españoles congregados allí en una mortal pinza. Mataron a ocho de ellos, pudiendo haber sido más de no ser por la oportuna aparición de 20 camaradas más al mando del valeroso capitán Alonso Velázquez, poniéndolos en un aprieto. Sioco, viendo que la resistencia se estaba organizando y que sus tropas estaban desconcertadas y cansadas, se retiró de Manila, por el momento. Mientras, Lavezares ordenó tras el combate que se reforzaran las defensas del fuerte, concentrando en él la artillería y la infantería. Por la noche regresó Salcedo con sus 50 españoles. Lavezares, sabiendo que el apuesto y aventurero jóven de 26 años era el sucesor perfecto de Goyti, propuso su nombramiento como maestre de campo, que Salcedo se negó a aceptar por humildad. Finalmente, por aclamación de la soldadesca, aceptó el cargo.
Entretanto, en el campo de Lima-Hong, Sioco rendía cuentas ante su jefe, que no estaba satisfecho con su muestra de cobardía al regresar del ataque. Herido en su amor propio y en su honor (y debemos considerar que el honor de un noble japonés no era moco de pavo) resolvió atacar al día siguiente con 1.500 hombres Manila, tomándola o muriendo en el intento.

      Llegando la armada china a Manila, comenzó un corto pero intenso cañoneo sobre la misma, que precedió el asalto en tres columnas. Además de lanceros chinos, Sioco mandó desembarcar también esta vez a los arcabuceros japoneses (probablemente ashigaru mercenarios). Los españoles, atrincherados en el fuerte, dejaron que los chino-japoneses arrasaran a su paso, quemando y destruyendo casas con bombas y alcancías. Incluso indenciaron una iglesia que contenía numerosas pinturas y retablos regalados a Lavezares por el propio Felipe II. Viendo los orientales que los españoles seguían en el fuerte, iniciaron un furioso asalto.

     Los ibéricos, bien atrincherados, respondieron a la cargas del enemigo con fuego de arcabuces y cañones (no cuesta imaginar que serían preferiblemente cargados con metralla). Comenzaron a escalar los enemigos el pequeño fuerte cuando, en las almenas, el intrépido alférez Sancho Ortiz "jugaba" la alabarda con mucha destreza, repartiendo la muerte a dos de los enemigos e hiriendo al doble antes de caer pasado de un arcabucazo. Diríase que las artes marciales no eran exclusivas del Lejano Oriente. En el patio de la fortaleza, empero, Lavezares y el valiente Salcedo formaron un cuadro de picas "a la europea", conteniendo a los chinos mientras los arcabuceros les metían plomo a quemarropa. Cargaron, saliendo incluso del fuerte, en órden y sin perder la cohesión, rechazando a los orientales de tal manera que, viendo que sólo a costa de grandes pérdidas conseguirían la victoria, decidieron reembarcar. Sioco, fiel a su promesa, permaneció allí, dejándose matar por los españoles.
Ashigaru japonés. La infantería campesina armada con arcabuces (introducidos en Japón por comerciantes portugueses en 1543) estaba revolucionando el arte de la guerra en el país del sol naciente. Tanto es así que en ese mismo año, en la batalla de Nagashino, 2.000 arcabuceros al mando de Nobunaga (y parapetados tras una barricada) acabaron con la vida de la noble caballería samurai de Takeda. Ilustración de Wayne Reynolds.




      Chinos y japoneses se agruparon en tropel en la playa, desesperados. Pero Lima-Hong, fiado de su victoria y evitando deserciones, había mandado que los lanchones de desembarco regresaran a la flota en cuanto desembarcaron a los hombres. Lavezares cerró con sus 200 españoles sobre ellos, masacrando a muchos antes de que regresaran los lanchones y pudieran reembarcar. Lima-Hong, desconcertado por la heroica resistencia de aquel puñado de occidentales barbudos y tan despiadados como sus propios hombres, mandó poner vela hacia el norte de la isla, intentando reorganizar sus fuerzas. Se atrincheró en la provincia de Pangasinán, construyendo un fuerte que podía albergar hasta 600 hombres.

     Lejos de dormirse en los laureles y tras celebrar el triunfo, Juan de Salcedo propuso al gobernador Lavezares su proyecto: ir a por Lima-Hong. Fiado de tan valeroso capitán, Lavezares llamó a los españoles de otras islas cercanas y a los tagalos (indios nativos) aliados, formando una fuerza de 250 españoles, 2.000 "filipinos" y 4 piezas de artillería. Con tan exiguas fuerzas partió el valeroso Salcedo hacia Pangasinán, cercando a Lima-Hong en su fuerte, que batió con la artillería día y noche. En una inteligente maniobra, Lavezares a veces fingía la retirada, derramando ciertas cantidades de oro delante del fuerte enemigo para luego contraatacar y coger desprevenidas a los codiciosos mercenarios que habían salido a coger los tesoros.
Sintiéndose derrotado, el astuto Lima-Hong fabricó cestos con mechas encendidas (cual cuerdas humeantes de arcabuz) que colocó en las almenas para hacer creer a Salcedo de que disponía de muchos hombres, mientras construía más lanchones para reembarcar en su ya mermada flota. Escapó, pues, el pirata chino, dejando en la estacada a muchos de sus hombres, que fueron masacrados en el asalto final de los españoles, que tomaron finalmente el fuerte.

     Poco despues, Lima-Hong y su ya mermada escuadra es derrotado por la flota imperial china, escapando (nuevamente) en solitario. Poco se sabe de lo que pasó con él tras esta derrota, aunque algunos textos hablan de que se presentó en la corte de Siam, ofreciéndole a su rey bastanteas riquezas de sus tesoros robados. No fue aceptado por el monarca, que lo expulsó del reino. Aquí se le pierde la pista al legendario Lima-Hong, cuya perdición fué atacar a aquel reducido grupo de conquistadores.

Juan de Salcedo, a pesar de su corta edad, no desmereció en hazañas a otros grandes conquistadores. Muerto por enfermedad un año después de expulsar al pirata chino de las Filipinas, es considerado "el último conquistador"





Parcialmente extraído de "Relación del suceso de la venida del tirano chino sobre este campo y de las demás cosas sucedidas acerca dello", Guido de Lavezares. Introducción y notas de Juan Francisco Maura. General Targul.

2 comentarios:

  1. Gran historia desconocida para mi (y seguro que para otros tantos españoles)

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  2. Se que hace tiempo desde la publicación de ésta entrada, pero bien merece seguir el blog sólo por ella. Muy buena y gracias.

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